Llevaba ya mucho queriendo ir a este museo, pero siempre lo encontraba o cerrado o con las entradas agotadas. Esta vez hubo suerte y pudimos pagar los cinco euros por cabeza que piden para reservar.
El museo es pura nostalgia. Tiene maquetas y señales históricas, pero sobre todo muchos autobuses reales que ahora están retirados de la circulación, desde los primeros modelos hasta los más actuales.
También tienen una colección de máquinas, billetes e incluso de los artículos de oficinas con muchas curiosidades (por ejemplo, tenían contratadas a costureras para que hicieran y arreglaran los uniformes).
Además, se puede subir en dos de los autobuses y, aunque haya audioguía, el personal del museo está por ahí para resolver cualquier duda y contar cosas interesantes.
Vamos, que merece la pena ir, porque es pura historia de la ciudad.
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