miércoles, 5 de agosto de 2015

La triple muerte del autor

Vivimos en extraños tiempos para la creación literaria, una era postmoderna que deja al creador relegado casi a la nada. Queda atrás el imperio del autor de prestigio, que transmite con su obra un mensaje, propietario exclusivo de sus ideas y de su obra. Como diría Barthes, el autor ha muerto. Pero hay que ir más allá: el autor está muerto, rematado y enterrado. 
La primera muerte del autor llega mucho antes del proceso de creación. Esa muerte es debida a que todo lo que idea e imagina es pura intertextualidad; una mezcolanza de cuanto ha vivido, limitada por su experiencia y por el propio lenguaje. Nada de lo que imagina le pertenece realmente, sino que es propiedad de la cultura y la sociedad en que vive. 
Dentro del proceso de creación encontramos la segunda muerte del autor, al menos en una gran parte de los casos, ya que, en esos momentos, el que escribe está completamente a merced de sus personajes. Que los personajes tienen vida propia o que la historia no va por donde planearon son quejas muy escuchadas en foros, blogs y coloquios de escritores, quejas que provocan sonrisas de mofa por los que no escriben y resignadas miradas de comprensión por parte de los colegas de profesión. Cuanto más extensa sea una obra, cuanto más desarrollados los personajes, menos poder tiene el autor, que solo puede aspirar a insertar en el desarrollo nuevas circunstancias y obstáculos con la esperanza de que sus personajes elijan el camino que previamente les había trazado en vez de coger desvíos inesperados. 
Y llegamos a la última muerte del autor, ya acabado el libro y en manos de los lectores. Esa es la muerte definitiva, porque deja a la obra en manos del consumidor, y cada cual interpreta libremente lo que desea. Hay tantas percepciones de lo escrito como lectores, ninguno de los cuales interpretará exactamente lo que el creador pretendía transmitir. 
En definitiva, el autor está muerto antes, durante y después de crear su obra, a merced de sus limitaciones culturales y lingüísticas, de sus personajes y de sus lectores. No obstante, y a pesar de todo, sigue siendo una figura clave en la creación de cultura. Después de todo, sin él no habría obra.

Nota: este es un pequeño ensayo que escribí hace tiempo y que he redescubierto recientemente. ¿Qué pensáis sobre la muerte del autor? ¿Coincidís, estáis en contra? 
 
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3 comentarios:

  1. Creo que es un interesante punto de vista, es como si el no llegara a ser dueño de sus propia obra, va muriendo a cada paso y el punto final siempre es incierto, el existo no esta asegurado.
    Besos.

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  2. Me ha encantado, Déborah. Lo comparto por Twitter. Y estoy totalmente de acuerdo contigo. La de faenas que me han hecho a mí mis personajes, y lo indefensa y a merced de otros que te sientes cuando una persona lee tu trabajo y hace de ello y comprende lo que le parece. Chapeau!

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  3. Aunque matizo algo: la primera muerte yo la entiendo de otra manera. En cierto modo lo que escribimos sí nos pertenece porque le damos forma: es cierto que todo parte de un mundo que nos es ajeno, pero nosotros somos el filtro y pasa a través de nosotros antes de convertirse en lo que es :)

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