domingo, 4 de septiembre de 2011

Sexto relato para el concurso

Relato nº 6: Homo miser

El humo se arremolinaba por toda la habitación lánguidamente, formando las más retorcidas formas. Me llevé otra vez el cigarro a la boca y le di otra calada. Solté el aire por la boca, turbando la tranquilidad del humo que ya moraba por la habitación.
-¡Mateo, abre la puerta! –ordenó la voz de mi madre a través de la puerta.
Con un resoplido tiré el cigarrillo al suelo. Con dificultad me levanté de la cama, tener un brazo enyesado sólo me hacía las cosas más difíciles. Atravesé la habitación y abrí la ventana para que el ambiente no se notara tan cargado.
-¡Mateo, que abras ya!
Harto ya de sus gritos corrí a la entrada y tras quitarle el pestillo abrí la puerta de un tirón.
-Como sigas apurándome tanto terminaré por romperme el otro brazo. –me quejé. 
-Eso es lo que te gustaría, así tendrías más excusas para no trabajar.- dijo como si de verdad creyese que me había caído a propósito por las escaleras. Desde el pasillo inspeccionó mi habitación con ojos maliciosos que buscaban algo de lo que culparme, y lo encontró.
-¿Qué es ese olor?- preguntó mientras su naricilla olfateaba. -¿Has estado fumando otra vez? Mateo, tienes diecisiete años, no puedes fumar tan joven. ¿Quieres morir de cáncer?
Puse los ojos en blanco. Ya me conocía su discursito de memoria.
-¿Qué haces con esas pintas? ¿No te dije ya que tu hermano iba a venir hoy a comer con Cintia?
-Unas ocho veces.
-Pues entonces cámbiate.
Me fijé en su atuendo. Como siempre iba impecable. Blusa blanca ceñida, falda ajustada y negra, de una extraña tela. Zapatos de no sé qué diseñador, también negros y de alto tacón. Su cara maquillada me miraba enfadada. Se giró bruscamente y lo último que vi antes de cerrarse la puerta fue su melena completamente lisa y de un fuerte color castaño.
Me senté en la cama y me froté los ojos con cansancio. Era agradable la brisa de tormenta de verano que entraba por la ventana. Miré el suelo y encontré el pitillo a medio acabar todavía encendido. Lo cogí con los dedos índice y pulgar y tras observarlo unos segundos le di una calada.
Me quedé pensando en lo que se enfadaría mamá al ver que no me había cambiado. No pensaba hacerlo. Roberto me daba igual, ni siquiera lo sentía como hermano. Él era el doble de mayor que yo, y desde que nuestros padres se divorciaran siendo yo muy pequeño él había vivido con papá y a mí me había tocado aguantar a mamá. No le debía nada. Y tampoco a mi madre, por mucho que ella dijese lo contrario. Todo su esfuerzo por convertirme en un ser parecido a ella había fracasado. Había creado un monstruo como tenía pensado, sólo que diferente al que ella tenía en mente. Toda mi infancia en colegios de pago con nombres ridículos en los que me recluía las mañanas, y las clases particulares por las tardes, los muchos internados en los que me había matriculado y en los que más tarde me habían expulsado, los institutos privados, tanto los del pueblo como los de otra provincia…nada, no habían servido de nada para erradicarme. Y menos el último en el que había estado, que tenía un retorcido nombre inglés, con uniformes y camisetas con el escudo impreso. Tan sólo habían servido para que la odiase más, únicamente a eso habían contribuido.
Ella nunca había querido ocuparse de mí, su última medida había sido la de poner tierra de por medio y mandarme al norte de la comunidad. Bien lejos, sí señor. Nunca me había quedado en un mismo colegio más de tres años. Había estado en todos los privados que había en el municipio, que eran una cantidad considerable. No es que me hubieran expulsado, sino que al no mejorar mis malas notas mi madre me había ido cambiando de centro. No podía aceptar que un hijo suyo no fuese perfecto como ella, pero el tiempo todo lo cambia y no le había quedado más remedio que admitir que era así. Lo achacó sin duda a los genes de mi padre.
El problema era que ahora no tenía quien cuidara de su creciente negocio de informática, el cual la mantenía ocupada todo el día. Yo ya era un caso perdido, por lo que no quedaba más remedio que recurrir a Roberto, quizá ese había sido el motivo por el que ambos se habían reconciliado después de años ignorándose.
Era curioso ver como se sucedían los acontecimientos. Le di la última calada al cigarrillo y volví a arrojarlo al suelo. Esta vez lo pisé hasta que el fuego se apagó.
***
Lunes por la mañana, no precisamente mi día favorito. Me veo obligado a levantarme porque sé que Blanca vendrá a pasar la aspiradora. Blanca era la limpiadora, venía tres días a la semana para recoger toda la porquería que mi madre y yo ensuciábamos. Mi madre sería todo lo elegante y fina que quisiera, pero en casa manchaba el triple que yo. Siempre lo dejaba todo tirado, ropa, joyas, zapatos… todo. Por supuesto, Blanca lo recogía. Era la empleada que más tiempo había durado con nosotros, cinco años divididos en el tiempo. A veces nos dejaba porque no necesitaba el trabajo o porque había encontrado uno mejor. Tan sólo volvía porque no le quedaba más remedio.
La mayoría de las empleadas no duraban mucho porque mi madre exigía demasiado por un sueldo pésimo. También aplicaba este sistema con los empleados de la tienda. Los contrataba como profesores de informática a cuatro horas, y luego les hacía trabajar ocho en distintos puestos, como técnicos, encargados de la venta… En ocasiones incluso de fontaneros. Esto provocaba la ida y venida de gente continuamente en la tienda, de todas formas ya estaba acostumbrado. Lo único que podía sentir era lástima por ellos, sólo una décima de la lástima que no sentía por mí mismo.
Me pasé la mitad de la mañana navegando por la red tirado en un sofá del salón. Blanca recorría la casa llevando la aspiradora consigo a la par que un trapo que dejaba colgando en el bolsillo trasero del pantalón. De pronto oí una voz que venía de la cocina y no era la de Blanca. Era una voz de niña. Sigiloso me acerqué a la puerta del salón y allí oculto agucé el oído intentando descubrir quién estaba en casa.
Tuve suerte, la niña no dejaba de parlotear y presumí que se trataba de la hija menor de Blanca. ¿Qué demonios hacía allí? No había llegado con su madre, Blanca había venido sola. Esperé unos segundos y creyendo que estarían en la cocina, atravesé el pasillo y bajé por las escaleras que daban a la entrada principal y que a través de una puerta conectaban con la tienda. Al cruzar el rellano vi que estaban sentadas de espaldas a mí en los escalones una chica y una niña. Las hijas de Blanca.
Hablaban entre ellas, comentaban la portada de no sé qué libro. La mayor besó la frente de la pequeña y ambas rieron. La chica tenía más o menos mi edad y la recordaba porque cuando teníamos ocho años Blanca la traía consigo a trabajar y las veces que yo estaba en casa solíamos jugar juntos. Mi madre les tenía cariño a las hijas de Blanca a pesar de las pocas veces que las había visto. Siempre hablaba bien de ellas cuando lo hacía. No podía decirse que hiciese lo mismo de mí.
Continué mi camino y pase por ellas sin saludar. Simplemente caminando a paso rápido. En unos segundos ya estaba en la tienda, esquivando las palabras que me dirigían los dos únicos empleados que mi madre había podido conservar con su carácter. Ambos jóvenes e inexpertos en el mundo laboral. Por fin encontré a mi madre en su mesa.
-Mamá ¿tu sabias que las hijas de Blanca iban a venir hoy?
-Sí ¿están ahí? –me preguntó de repente interesada.
-En las escaleras, me parece que ya se iban.
-Pues entonces voy a verlas antes de que lo hagan. Les daré caramelos. –y se fue en su encuentro.
Mi madre tenía una especie de obsesión con los caramelos. A cada cliente que venía le daba un puñado de ellos, a los niños que iban a las clases de informática les dejaba bandejitas llenas de las que ellos podían servirse libremente. Esas mismas bandejas andaban repartidas por todas las mesas de trabajo, por si a algún cliente le apetecía.
Mi vista se desplazó a lo largo del establecimiento y se detuvo en la entrada que se mantenía abierta. Desde allí pude ver a mi madre pellizcando la rosada mejilla de la hija pequeña de Blanca. La niña se arrebujó vergonzosa junto a su madre. Entonces me di cuenta de que la mayor me estaba mirando. Miré directamente a sus ojos claros antes de que se fueran y recordé los momentos que habíamos pasado juntos cuando éramos pequeños. Ambos inocentes e ignorantes, sin clases ni estereotipos, sólo dos niños que parloteaban divertidos en el saloncito. Me gustó lo que su mirada me había recordado, uno de los pocos recuerdos agradables que tenía y que creía olvidado.
Ciertamente habían pasado muchos años y ahora éramos muy diferentes. Ella parecía feliz, alegre a pesar de no tener tanto dinero como nosotros. La vida le había dado una madre y una hermana que la querían y apreciaban, y seguramente un padre también. En cambio a mí me había dado dinero, pero carecía de madre y de padre y nada que decir de mi hermano. Ahora ella estaba bien, llevando una vida normal y feliz, mientras que mi único consuelo consistía en la caja de Chesterfield que tenía escondida debajo del colchón.

3 comentarios:

  1. Pobre chico!! Cuántos habrán que crecen en esa soledad?? Es muy triste.

    Mucha suerte a su autora!! Besos!

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  2. Cierto, estoy totalmente deacuerdo con Maga, este pobre chico, aunke tiene dinero en abundancia es infeliz y se encuentra solo... bueno, eso no es cierto, tiene a su paquete de Chesterfield!, jejeje.

    Bien narrado, me ha gustado asi k x ello felicito al autor/a.

    Saludos!!!

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  3. El relato que va sobre la infelicidad de un pobre chaval... Mucha suerte!! besos

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