domingo, 4 de septiembre de 2011

Quinto relato del concurso

Relato nº 5: Encuentro en la ciudad
Lo había visto hacía ya bastante tiempo, una tarde lluviosa de viernes, mientras caminaba por la calle principal de la ciudad.
Era hora pico, y las calles estaban atestadas de personas que se apresuraban intentando mojarse lo menos posible. Muchos acababan de salir de sus trabajos, y se veían realmente ansiosos por llegar a sus casas al final de una semana de agobios. Otros corrían con niños de uniformes de diferentes colegios y escuelas, tratando de alcanzar sus autos sin ser bañados por los que ya se alejaban, y agrupándose en las paradas de los ómnibus. Las calles eran un caos, mirara donde se mirase. Era mi momento preferido del día.
Iba por las aceras, caminando sin prisas sobre mis elegantes botas de taco aguja. No me molestaba la lluvia ni la suciedad: no tenía tiempo para esas cosas.
Miraba a las personas y las elegía casi por inercia: pasé junto a una chica que salía de la biblioteca cargada con una pila de libros que intentaba proteger del agua y de un manotazo logré que cayeran todos al piso, desparramándose en los charcos y deshojándose los más dañados. Puso una cara tan cómica, una expresión donde se mezclaban la sorpresa, el horror y el pánico, que solté una carcajada al aire gustosamente.
Un hombre que quiso ayudarla a recoger los libros tuvo un encuentro cercano con la punta mi bota y cayó cuan largo era a los pies de la acongojada joven. Mascullando su mala suerte, el hombre se levantó mientras inspeccionaba su traje de color claro y volvía a tomar el maletín. Una señora se acercó a preguntarle si estaba bien, pero toda la buena intención que éste había tenido en principio trocó en mal humor y se deshizo de ella y de la joven que apenas había logrado recuperar un único libro en buen estado, y se alejó de allí, pisando ostensiblemente las pocas hojas que no se había llevado el viento.
¡Ah, que graciosos pueden ser los humanos a veces!
Delante de mí estacionó un taxi y de él salió una señora muy maquillada cargando con un perro caniche envuelto en una ridícula campera amarilla.
Bastó apenas una orden susurrada para que el can se revolviera rabiosamente entre los brazos de la mujer, gruñendo y lanzando mordiscos a diestra y siniestra. Su ama, evidentemente confundida, lo dejó caer e intentó alejarse cuando el animal se recuperó de la caída y se acercó a morder sus tobillos. Haciendo malabares para no ser mordida, la mujer comenzó a recular, pendiente sólo de los pequeños dientecitos que intentaban rasgar su piel. Sin darse cuenta, caminaba hacia el medio de la calle, donde filas y filas de automóviles buscaban sobrepasarse unos a los otros. Un auto de color verde se acercaba a bastante velocidad directo a la mujer.
Me detuve a observar. Soy un cliché, lo sé, el tipo de persona que se detiene a ver cuando presiente que habrá un buen accidente.
Pero justo cuando el conductor distraído aceleraba para adelantar a otro vehículo en una maniobra algo ilegal, y de paso llevarse por delante a la mujer, una mano salió de la nada y detuvo en un segundo todo mi elaborado caos.
El chucho dejó de ladrar y volvió a su antigua pusilánime personalidad, mientras que la mujer se tomaba de la mano del extraño y volvía a ponerse a salvo. El conductor, sin haber notado nada, lograba avanzar tres vehículos en medio del tránsito y quedaba estancado en el semáforo de la esquina.
Yo estaba horrorizada.
Sin percatarme de cómo el agua dañaba las botas que acababa de “adquirir”, no pude hacer más que quedarme mirando a aquel ser de cabello oscuro que con un simple toque había enderezado el cuadro que tanto me había esmerado en torcer. Allí de pie, con su fuerte mano sosteniendo a la mujer y su voz aterciopelada murmurándole frases tranquilizadoras, fui consciente de su mirada penetrante encontrándose con la mía, al tiempo que dos blanquísimas alas se desplegaban a su espalda, invisibles para la humanidad.
Con aquella mirada me reconocía como lo que era: un demonio disfrutando de la libertad que se consigue en la Tierra, sembrando el mal siempre que haya oportunidad.
Con aquella mirada dejaba claro que nos seguiríamos viendo una y otra vez en el futuro.
Le sonreí brevemente y me marché de allí. También yo sabía enviar mensajes silenciosos. Sólo que los míos no eran para nada corteses.

3 comentarios:

  1. Lo que logra esa demonio bien podría explicar algunas de las cosas que me ocurren a veces, jaja.

    Va muy variado el concurso!! Va a ser difícil elegir un sólo cuento.

    Suerte a la autora! Besos, Deb!

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  2. ¡Que relato más sorprendente!, comienzas a leerlo y esperas una cosa y luego te encuentras con otra k t deja con la boca abierta. He de decir k aparte de k está bien relatado, tiene un argumento precioso y atrayente... felicita al/la autor/a.

    Suerte!!!

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  3. Me ha gustado mucho... Sobre todo, la descripción del "cuadro" y de como se puede influir en él.. Suerte!! besitos

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